Brujas y guacas: los secretos que esconde la montaña sagrada del Quindío

hace 16 horas 80

En la finca ecoturística bajo Peñas Blancas conviven relatos de tesoros escondidos con la mirada escéptica de su propio dueño.

Peñas Blancas es, ante todo, una imagen: la mancha clara que se recorta entre el cielo y las montañas del Quindío y que puede verse desde Armenia en días despejados. Javier Salazar Torres, ingeniero civil que hace cuatro décadas cambió las obras y los proyectos de construcción por esta montaña, explica que el color se debe a su composición: “Peñas Blancas, como su nombre lo está marcando ahí, pues es una masa rocosa de color blanco (…) Tiene un alto contenido en calcio, o sea, es una roca tipo calcárea”. Para él, es “el ícono más visible que tiene el departamento del Quindío”.

Hoy, en ese territorio que antes eran potreros, funciona el Ecoparque Peñas Blancas, una finca ecoturística donde los visitantes pueden hospedarse o subir en senderismo hasta la cima. Pero detrás del paisaje hay algo más: una trama de historias que sus propios trabajadores repiten entre ellos, y que el dueño de la finca escucha con distancia.

El brillo nocturno y los pasos que se pierden

Uno de los trabajadores de la finca asegura haber visto que la peña se ilumina durante la noche, un fenómeno que en la región alimenta las historias sobre el tesoro que, según la tradición oral, el cacique Calarcá habría escondido en alguna de sus grietas o cuevas. Salazar Torres conoce bien esa leyenda: cuenta que los historiadores hablan de unos 80 lingotes de oro, cerca de una tonelada, elaborados por los Quimbaya, “de los más avanzados para procesar el oro” en la región.

Otros relatos se mueven por los senderos y no por la piedra. Una de las mujeres que trabaja en la cocina de la finca, oriunda de esa zona y hoy residente en el corregimiento de La Virginia, el pueblo más cercano a Peñas Blancas, sostiene que en la propiedad ocurren fenómenos que no se limitan a la montaña. Habla de duendes que hacen perder el camino a quienes suben, y de una niña que suele aparecer en los senderos.

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El relato más detallado de la cocinera se centra en un punto específico de la cocina de la finca, donde dice percibir la presencia de una bruja que se ríe y habla. Para ella, esa presencia no es casual: cree que en ese lugar hay una guaca, un entierro con objetos de valor y que la aparición la protege. La mujer añade que existiría una segunda guaca en la casa del dueño, lo que sumaría dos entierros dentro de la finca, además del que la tradición ubica en la propia peña.

El dueño, escéptico frente a la leyenda

Salazar Torres no comparte con el mismo entusiasmo estas historias. Aunque conoce y transmite la leyenda del tesoro Quimbaya como parte de la identidad del lugar “contamos la historia, damos una narrativa […] y dejamos a buena imaginación del visitante”, es claro en que no tiene intención de excavar ni de buscar guacas en su propiedad. Su postura se resume en una idea que repite: lo que es de la tierra se deja quieto.

Esa misma prudencia se refleja en su discurso sobre el territorio: para él, ir tras el tesoro sería casi como “atacar” la magia del lugar. “Si el tesoro está como tal, es como nosotros en forma consciente entender que es la gallinita de los huevos de oro”, explica, convencido de que el valor real de Peñas Blancas está en conservarla y no en desenterrarla.

Más allá de mitos y apariciones, Salazar Torres ha dedicado 25 años a un proceso de reforestación que ya suma 39.000 árboles sembrados, con el propósito de proteger la montaña sagrada de los pueblos Pijao y Quimbaya. El predio cuenta con una declaratoria de protección legal que busca evitar afectaciones por minería o deforestación, y sus dos hijas serán, en la próxima década, quienes continúen al frente del proyecto.

Entre la piedra que se ve desde la ciudad y las historias que se cuentan junto al fogón, Peñas Blancas sigue siendo, para quienes la habitan y la visitan, un lugar donde la leyenda y la tierra conviven sin necesidad de resolverse.

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